Abrir puertas y ventanas (Mar del Plata Film Fest, 2011)

Milagros Mumenthaler dice que lo íntimo es nuestra única certeza. Lo dice explicando las motivaciones que la llevaron a su debut en largo, Abrir puertas y ventanas, pero además eso es lo que filma: huecos y distancias y silencios que responden a una motivación que sólo puede ser íntima. La tentación de contraponer esta versión del cine y de la vida con casi todo lo que la rodea es enorme, pero Abrir puertas y ventanas no lo merece ni lo necesita, porque pasa por la vida del espectador como la revelación de, sí, una intimidad: ese momento en el que alguien te revela algo y te deja temblando. La película nos cuenta una pérdida dentro de otra dentro de otra. Marina (21), Sofía (20) y Violeta (18) son hermanas y viven en una casona en la que falta algo: Alicia, la abuela que murió hace poco y que seguramente dedicó buena parte de su vida a tapar otros huecos, a disimular otras ausencias. La pérdida y sus resonancias son los motores que mueven a las hermanas en direcciones que son distintas y son la misma: futuros de un pasado imperfecto.

Tyrion Lannister (Inrocks, 04.2012)

Apenas aperece con nombre propio, en la página 89 de Juego de Tronos, primer volumen de Canción de hielo y fuego (Plaza & Janés), Tyrion, el menor en edad y estatura de los hermanos Lannister, ya despliega sus principales características, a saber y en estricto orden de aparición:

  • Curioso: lo encontramos leyendo en la biblioteca de Invernalia e incluso dándole recomendaciones a su responsable acerca del cuidado de los manuscritos. “Mi hermano tiene su espada, el rey Robert tiene su maza, y yo tengo mi mente.”
  • Dionisíaco: disfruta como nadie de la comida, del vino y de las putas. Nada de lo embriagador le es ajeno, y sin embargo no parece perder nunca el juicio. “¿Que cómo quisiera morir? En mi propia cama, con la barriga llena de vino, la polla en la boca de una doncella y a la edad de ochenta años.”
  • Intrigante: su capacidad de urdir conspiraciones aparece apenas abre la boca. “Esto me lo vas a pagar. Todavía no sé cómo, pero dame tiempo, ya se me ocurrirá algo. Llegará un día en el que te sientas segura y feliz, y de repente tu alegría se te convertirá en cenizas en la boca, y ese día sabrás que la deuda ha quedado saldada.”
  • Insolente: ningún poder para Tyrion es mayor que la inteligencia, y así es capaz de decirle a cualquiera las mayores barbaridades siempre y cuanto la razón lo asista. “Aprende a usar más las orejas y menos la boca, o tu reinado será más corto que mi estatura.”
  • Agudo: en lo posible, tratará de embutir sus parlamentos en párrafos de lógica implacable y humor lo más seco posible. “Un enemigo muerto es una alegría eterna.”

Hijo del todopoderoso Tywin Lannister y hermano de Cersei y Jaime (aka “los mellizos endogámicos”), al nacer provocó la muerte de su madre, cuyo cuerpo, que ya había llevado a dos niños dentro, no pudo soportar el alumbramiento del pequeño Tyrion, ese al que los personajes de la saga de George R.R. Martin llaman alternativamente Gnomo, Enano y Mediohombre, así, con mayúsculas, haciendo de la obviedad un insulto.

Tyrion Lannister es un personaje extraordinario: el enano que vuelve del bullying transformado en estadista y guerrero, una mezcla de Frodo Baggins con Tony Stark; el “deforme” (así se lo menta una y otra vez en las novelas de Martin) que en el fondo desespera por ser amado, y cuya lúcida obra de gobierno persigue entre otros ese fin, sin notar hasta que es tarde que el pueblo no puede tolerar ser conducido por una persona mal trazada. Es la venganza de los nerds pero realizada a nivel Estrella de la Muerte.

Encarnado en la adaptación de HBO por el no menos portentoso Peter Dinklage, Tyrion se está recortando como la estrella de la saga (papel y píxeles). En los libros, es un motor: al estar nombrados por los personajes, los capítulos que le corresponden son un page turner total y absoluto, tanto por trama como por la escritura misma del personaje, sus parlamentos y sobre todo sus pensamientos, en los que Martin parece haberse detenido por encima del promedio. En la TV, Dinklage ya ganó un Emmy por la primera temporada, y para la segunda se perfila como el sol en torno al que girará la serie. En aquella temporada debut, la “estrella”, en términos convencionales de reconocimiento y gancho, era Sean Bean, interpretando a Ned Stark, pero en la nueva tanda de episodios los ejecutivos de HBO señalan directo hacia Dinklage/Tyrion: sobre él recaen las cualidades de culebrón mitológico de Juego de tronos, su costado más resueltamente sexy y su singularidad. Sobre él y sobre Jon Nieve (Kit Harington en la serie), el hijo bastardo de Eddard Stark. Es decir: los descastados, las anomalías, aquellos que jamás dejarán de ser señalados como diferentes pero que en el fantasy en general, pero muy especialmente en la escritura de George R.R. Martin, son los ciudadanos modelos, los reyes sin corona posible, las piedras sobre las que se apoya la historia toda.

“Piedra, debo ser de piedra, debo ser Roca Casterly, duro e inamovible. Si fallo en esta prueba, más me vale dedicarme a atracción de feria.”

“Lo siento, los enanos no necesitamos tener tacto. Generaciones de bufones con trajes de colorines me dan derecho a vestir mal y a decir todo lo que se me pase por la cabeza.” 
Tyrion Lannister

“Lo siento, los enanos no necesitamos tener tacto. Generaciones de bufones con trajes de colorines me dan derecho a vestir mal y a decir todo lo que se me pase por la cabeza.”

Tyrion Lannister

Las aventuras de Tintín (El Amante, 12.2011)

Tres dioramas de Tintín en el ENET Nº1 Indiana Jones

Arena. Cada uno lee como lee. Es una perogrullada máxima, pero de las que más rápido se olvidan. Cada lector de Tintín lo leyó como quiso, o como pudo; se agarró de él para volar o para no hundirse o para veinticinco millones de cosas más. Y están aquellos que no lo leyeron nunca y que van a ver en unos pocos días la película basada en sus aventuras dirigida por Steven Spielberg, que se enamoró de la historieta de Hergé, cuenta la construcción mitológica de éste film, mientras arrancaba con la saga Indiana Jones. Periodista y arqueólogo no tienen nada que ver, afirman los que leyeron a Tintín con las llaves del legado en la mano, y desde allí puede uno recorrer el Pantone de miradas que va desde “traición” hasta “acierto” o “maravilla”, desde el contradicción entre ambos hasta la superposición de uno y otro. Este cronista leyó a Tintín lo mínimo indispensable, no tiene llave del legado alguna, y en caso de tenerla la probaría en otras puertas, ya que pocas cosas más cansinas en el mundo que la comparación entre lengua fuente y lengua meta cuando se presupone que la segunda tiene, por fuerza, que ser tributaria absoluta y sin matices de la primera.

Resumiendo: Spielberg parece haber hecho el Tintín que se le cantó.

Resumiento plus: y es un Tintín hermoso.

Re(a)sumiendo: hermoso como Indiana Jones.

Porque cambiando las cabecitas de Tintín y Haddock por las de Indiana y Marion, y a Milú por un mono capuchino, la escena del aterrizaje en el desierto que figura en Las aventuras de Tintín podría encajar perfectamente en Los cazadores del arca perdida. Casi todo lo que funciona de la película de Spielberg (& Peter Jackson & máscaras y cachitos de Hergé & del guión de Steven Moffat –Doctor Who, Sherlock– reescrito por Edgar Wright –Shaun of the Dead, Scott Pilgrim– y Joe Cornish –Attack the Block–) ya funcionó antes, sentencia en la que se impone remarcar y ampliar los términos “casi” y “antes”, aunque no necesariamente en ese orden.

Empecemos por antes… La secuencia del aterrizaje en el desierto es eso mismo, un aeroplano en el que van Haddock, Tintín y Milú que se estrella en el Sahara. Es una escena no demasiado larga que parte la película por la mitad: un arranque extraño, en el que Spielberg logra hacer un guiño muy simpático al pasar del 2D al 3D y poco más, y una segunda mitad deslumbrante, en la que ya nos acostumbramos a esos entes que se mueven en pantalla, que nos demuestran a medida que avanzan su robustez, vitalidad y buen humor, y con ellos y nosotros en impecable forma, la aventura se desata a altísimas velocidad y explota en millones de detalles. Pero antes… Antes del aterrizaje la cosa funciona de a ratos, pasa de gas a nafta, corcovea, tose, promete como Indiana IV y como la misma Indiana IV cumple a medias, y la empatía con los personajes y con el proyecto en general es la que tira del carro, no la película misma. Antes de antes, además, Spielberg ya había experimentado esas intermitencias, como si su motor no reaccionara igual con todos los combustibles que le echan: la historia misma de la saga Indiana Jones está partida en dos como Las aventuras de Tintín; toda su carrera post Indiana Jones está edificada sobre una de cal y una de arena. Y aquí es la arena, justamente, la que amortigua la caída, la que sirve de trampolín para que recuperemos al mejor Spielberg, el del vértigo y la sonrisa, en la hora larga de maravillas que queda por delante.

Lo que nos lleva a… casi. Cuando se dice que “casi todo lo que funciona ya funcionó antes” significa que hay cosas nuevas aquí, la más importante de ellas es el acercamiento del director al maligno motion capture y un hecho nada desdeñable: haber logrado que la técnica no moleste. Esto, que a su modo es un elogio, comporta a su vez la mayor paradoja de todas: la película finalmente parece un live-action. De allí partió, sobre eso se invirtieron miles de horas de trabajo y de pesos estadounidenses, y el elogio del despliegue termina siendo: ah, mirá, parece lo que supo ser. No está mal, la película funciona siempre y no produce torceduras de gesto, pero tampoco es para descorchar nada.

 

Dique. Seguimos en el desierto, no se vayan a creer: todavía falta para que la Castafiore rompa todo y haya que salir corriendo. Después del aterrizaje mencionado, que es como el Safety Last! de Harold Lloyd pasado por una minipimer, Tintín, Haddock y Milú caminan por el desierto y la película demuestra que tiene humor de tirón largo y también de parpadeo, que tiene amor por el relato y la dosis de locura que hace falta para defenderlo. Y admite sobre todo que el legado existe, que lo respeta y no lo modifica, pero que no puede evitar preguntarse por qué son las aventuras de Tintín y no las de Haddock. Es la aparición del capitán la que cambia la película por completo, así como su incorporación cambió la historieta. En la película primero está borracho perdido, y nosotros mareados con él, pero con el correr de los minutos empieza a recordar y nosotros a comprender qué es lo que estamos viendo, por qué las cosas se mueven, cuál es la relación óptima entre el tamaño de un MacGuffin (mínimo) y el de los hechos que desencadena (cataclísmico), y el modo en el que se aplica allí la Ley de la Palanca, que es más vieja que el kirchnerismo. Spielberg encuentra en Haddock un punto de apoyo y mueve en serio la estantería.

La secuencia del dique o “del escape” o “del sidecar” es de lo mejor que haya hecho el director en su carrera, la película desata sus propios nudos y encuentra su mejor forma en un plano secuencia extraordinario, fulminante y filigranado, que hubiese engrandecido a las Indiana Jones antes mencionadas, pero que no está allí, está acá, en lo de Tintín, en lo de Haddock, porque esta película parece hecha para ese diorama central en el que las fichas del dominó forman el mapa de la emoción y no nos dejan siquiera tiempo para parpadear. Hay que estar atentos ante ese corazón del cuento, evidencia de lo que no fue pero también promesa de lo que será, y no porque una ficha salteada en la retina suponga pérdida de sentido, sino porque lo que significa es pérdida de dinero: uno pone un modesto plazo fijo al entrar al cine y se lleva millones después de la secuencia del dique o “del escape” o “del sidecar”. La secuencia del hotel con vista al mar.

 

Grúas. Milagrosamente, desde ese punto de gloria, que es también uno de no retorno, Las aventuras de Tintín logran escapar hacia otra maravilla. Hay que cambiarlo todo, eso sí. Limpiar después de la fiesta. Si dique-escape-sidecar era diurna y florida, “grúas” será nocturna y cortante; un mashup de Une partie de champagne con Twister vs. otro de Blade Runner con Gigantes de acero. Tintín se vuelve un parque de diversiones antes que videojuego, con un sofisticado imaginario en el espejo retrovisor, del que la historieta de Hergé (con sus fragmentos de El secreto del Unicornio, El cangrejo de las pinzas de oro y El tesoro de Rackham el Rojo) forma parte pero cosida a un quilt mayor y más abrigado, cuyo diseño simétrico y multicolor a estas alturas es hipnótico e indispensable. La intriga, como si hiciera falta, marcha hacia su resolución incluyendo una venganza que habrá de dirimirse con el tercer diorama, uno que a su vez vuelve a hablar de la película misma, sus problemas y sus muchos momentos de brillo.

Los personajes antagónicos se enfrentan, como en Avatar, como en Gigantes de acero, embutidos en prótesis gigantes y metálicas, dos grúas de puerto que hasta hace un momento estaban quietitas y eran iguales entre sí y ahora bailan y poseen, cómo no, cualidades pugilísticas y morales. Los personajes, puede querer decir Spielberg, o quizás sólo sea una idea peregrina de éste cronista, hoy necesitan algo más grande que sus propios cuerpos, que la vida que tenían en el venerable reino de las dos dimensiones. Necesitaban el 3D o al menos la vida digital proyectada de prepo al mundo, necesitaban a Jackson y a Spielberg, a John Williams firmando una genialidad hecha sonido; necesitaban subirse a las grúas y llamarnos la atención sobre lo grandes que fueron, pero más aún sobre lo grandes que podían (volver a) ser.

David Guetta (Inrockuptibles, 10.2011)

Nothing But the Beat /David Guetta /EMI /2 CDs - $ 65

¡Buenas noches, América!

Es muy impresionante lo que pasa con éste hombre. Por dos motivos, mínimo. Por un lado, porque lo que hace es extraordinario, toneladas de pop-appeal, una producción intrincadísima, capacidad de convocar a nombres sorprendentes para trabajar a su lado, un instinto único para detectar y enseguida pasar a dictaminar qué se baila y cómo, y sobre todas las cosas un magnetismo único, que deriva de la curiosa sensación de que el tipo ni siquiera se despeina haciendo eso que hace, que le sale de taco, simplemente estando ahí donde está, al comando de la nave. El capitán, lo vemos al primer compás, no puede ser otro, y no hay quien no quiera bailar con él. A su nave todo el mundo se quiere subir.

Bueno, en realidad no. No todo el mundo. Ubiquemos esas ansias en un 90%, y saquemos de ahí una flecha que nos llevará al Hecho Extraordinario Nº2: el 10% restante, que por cierto es muy influyente, formadores de opinión, se dedica más o menos metódicamente a decir que lo que hace es bullshit puro. Bah, eso en el mejor de los casos. También suele decirse que su influencia es siniestra, que el formateo que está haciendo del público constituye una #derrotacultural, que habría que limitar su poder, etc, etc, etc.

No se trata aquí de defender el gusto mayoritario sólo por defenderlo, sino de tratar de detectar el por qué de los ataques a una forma de entretenimiento de alta sofisticación y sencilla digestión, que estimula y sienta bien, que nos alegra la noche apenas le damos al play, que nos hace bailar hasta querer descansar pero sólo para volver a la pista, que apela a los instintos más bajos a través de las ambiciones más altas, y que nuclea a un star system imposible de juntar de otro modo, un universo que sólo puede organizarse como tal cuando él, el tipo, éste hombre se ubica en el centro de la escena, cual sol, y empieza a disparar sus brillos.

Dicho esto, va el pedido de rigor, que es una orden, pero también una súplica: dénle una oportunidad y se quedan a vivir con él. Marcelo Tinelli David Guetta y su portentoso ShowMatch Nothing But the Beat se lo merecen. Palabra.


Keremos prinsesa!!! (El Amante, 09.2011)

La primera persona termina imponiéndose. No pensé que fuera a ser así cuando salí de ver Larry Crowne y le pedí a nuestro amable editor escribir la crítica “a favor”. Pero pasaron los días, recomendé muchísimo la película, como quien tiene una fija y la comparte, y a cambio coseché respuestas entre piadosas y enfurecidas. Relojée las críticas en EE.UU., que en general la demuelen o en el mejor de los casos lo mandan a Hanks a tomar la sopa, y entonces ya no entiendo lo que pasa.

En aras de la justicia y la belleza, procuré no pelearme con los que salieron decepcionados de la película, e intentaré no entrarle a trompadas a mi compañero de página, el de “en contra”. Pero sí quisiera puntualizar algo antes de entrar definitivamente en materia, y es lo siguiente: dividir el mundo es algo necesario, y Larry Crowne, contra lo que pensé toda mi vida, me enseña que eso debe hacerse con amabilidad, porque tal como estamos la urbanidad es casi un gesto de vanguardia. Así que al señor Mike Scott, que justo en un periódico de Nueva Orleans escribió que el segundo largometraje dirigido por Tom Hanks es

            Breezy but forgettable

quisiera decirle que el mundo, hoy, se divide entre los que olvidan la frescura y los que no la olvidarán jamás. O mejor aún: entre los que la notan y los que ni se dan cuenta que les pasa por al lado o les da de lleno en la cara y les permite, por fin, respirar.

Larry Crowne es la frescura hecha cine y el cine hecho respiración. Es una película que por el camino del artificio supremo llega a la única verdad, que es la realidad: un tipo de cincuenta años, al que la vida se le cae a pedazos, descubre que empezar de nuevo es posible. La consigna parece, en efecto, de un libro de autoayuda o de una telenovela mediopelo, pero el problema no es la consigna –que proviene del mundo de los hechos y tiene allí más raigambre que los temas que se tratan en las películas de Kiarostami, de Pablo Trapero o de Mike Leigh– sino lo que se hace con ella. Y así como al Sr. Abbas le hicieron un precioso poster pop para una película qualité y prêt-à-portheory, a Hanks le tiraron un capítulo deslucido de la cotidianeidad misma, lo licuó con frutas y otros ingredientes, alguno acaso ilegal, le aplicó una de las máximas de @lachicasabrina (“kien lo kiere ver esas chika ke tiene komersio o cagera del supermerkado? nadie!!! los telebidente keremos prinsesa, kosas mas rara”), y sacó un cuentito Busby Berkeley de la mente, en el que no se baila pero sí se baila, porque son los hechos, las decisiones y sus consecuencia y los deseos los que forman coreografías ectoplasmáticas, esplendores simétricos y dánzas cósmicas protagonizadas por “prinsesa, kosas mas rara”.

Larry Crowne (Hanks) trabaja en una especie de Home Depot y es un empleado sumiso y amable, al que de un día para el otro despiden por no tener estudios. Hay un costado político que la película deja en un layer permanente, un recordatorio de la recesión y sus miserias que no se apaga nunca pero que, como sucede en otra obra maestra en sordina como Las Locuras de Dick y Jane, no eleva su voz por encima del cuento principal. Y el cuento principal es la reconstrucción de Larry Crowne, tarea en la que habrán de colaborar una serie de ingredientes outlet a los que Hanks y su co-guionista Nia Vardalos dotan de nobleza extrema: para empezar, el community college al que Crowne va a tomar dos clases, oratoria y economía. El protagonista y la película estudian lo mismo: la mejor manera de decir lo que tienen para decir + el mejor modo de administrar sus recursos. Allí Crowne se topa con un ángel de la guarda que patrulla las calles con una banda de motoqueros, pero, atención, sos motoqueros de scooter que velan por la estricta observación de la justicia y la belleza. Esto no lo digo yo, lo dice uno de los personajes (“We ride for justice and beauty”), y hacerle decir eso a alguien en cámara y a un costo de millones de dólares no es algo que suceda todos los días. Hay más: el elogio de la segunda mano como medio de vida. Larry Crowne no se planta contra el consumo, pero sí pone fichas a favor de las ventas de garage y las ferias americanas como método de transformación, como una especie de feng-shui de la vida misma. Se podrá decir que hay algo de rancio en el planteo, pero si por delante se cae la economía a pedazos y ni siquiera el huracán Irene cumple lo que promete, entonces encontrar una moto barata –que gaste poco combustible–, unos Ray-Ban de segunda mano y un pañuelo de seda para el cuello es la única forma de encarar lo que viene con decoro y distinción.

La frutilla de la torta de la vida de Larry Crowne, que antes era un bizcochuelo y ahora tiene triple relleno de chocolate, ddl y merengue, cobertura celeste y una manifestación de motoqueros de mazapán encima, es la profesora de oratoria, Julia Roberts at her best, de la que se enamorará y yadda yadda yadda, porque el cuento mágico del hombre renacido del siglo XXI termina justo donde tiene que terminar, no antes, jamás después: los dos en moto, los dos con casco, camino al horizonte y saludando a cámara. Saludándonos.