Cohn-Duprat (El Amante, 06.2011)

ATENCIÓN: no se revela absolutamente nada sobre la película.
Ví Querida voy a comprar cigarrillos y vuelvo dos veces: primero, en una salita-lounge de los laboratorios Cinecolor en una proyección para amigos de los directores (por esto y por mucho más, es la que tienen entre manos una crítica viciada de nulidad, que se sepa); y varias semanas después, un sábado a la tarde temprano en el cine Atlas de la calle Santa Fe, un desfile de carrozas de locos. En la primera de las proyecciones había más gente que en la segunda.
Antes de verla en el cine “del circuito” seguí de cerca la manera en que los exhibidores nacionales le negaron salas a la película, incluso las kilómetro-no-sé-cuánto esas que existen para que la producción nativa, incluso aquella que no trata de epopeyas, caballos y cadenas montañosas, encuentre a su público. Con Querida…, en su semana de estreno, eso no pasó: tres salas en Capital Federal, ninguna kilométrica, tres salas a las que se puede elogiar en serio diciendo que son de segunda categoría, lo que equivale a una condena para la película. Los exhibidores decidieron que no valía la pena mostrarla, o sea que no valía la pena verla, y Querida, ahí en las carrozas (“complejo” que cerró sus puertas for good, al parecer, el 25 de mayo, otra delicia de la patria), en el Showcase de Belgrano y en el Atlas General Paz, hizo lo que pudo, que fue poco.
Si menos de la mitad del espacio de la página se lo lleva esta, sí, imprecación (ligeramente fuera de cuadro queda la parte en la que, real, les deseo cosas feas y se cumplean), es porque parte de la crítica, parte bastante importante, me parece, tiene que ver con la posibilidad de dialogar acerca de las películas, y ahora mismo Querida voy a comprar cigarrillos y vuelvo no puede ser muy dialogada que digamos porque, sencillamente, es muy difícil verla. Así las cosas, si se me ocurre decir que se trata de una película extraordinaria, las cartas de lectores indignadas sin dudas serán menos que las que pueda merecer no digo ya la nueva Piratas del Caribe, que se estrena en mil millón pantallas, sino, ponele, Cocina del alma o Que la cosa funcione o cualquier otra película más o menos polémica de las que nos infligen todas las semanas.
Y Querida voy a comprar cigarrillos y vuelvo es una película extraordinaria, si por “extraordinario” se entiende:
- adj. Fuera del orden o regla natural o común.
- adj. Añadido a lo ordinario.
- m. Plato que se añade a la comida diaria.
Todo significa más o menos lo mismo: muchas de las películas que vemos durante el año terminan siendo, en la selectividad de la memoria, un Miki Moco manoseado, no verde ya, roñoso y pegote; todas las películas de mierda juntas ahí dentro, formando una única película que no volveríamos a ver jamás, larguísima, gris topo y en pretérito anterior. Hay algunas sin embargo que nos alegran la vida, otra de las que no hacemos fans, otra que adoramos como novias, otra OK y otras más, las menos, que son ovnis, similares al primer ataque de Mars Attacks!: estamos los espectadores en el desierto con banderines y expresando nuestro beneplácito ante el hecho de que el ovni venga en plan buena onda, y de la nave bajan unos marcianitos sacados gritando “Ack! Ack! Ack!” que le pegan un tiro primero a la paloma de la paz y después la emprenden contra nosotros.
Querida… es el marcianito con su arma disparando contra la platea. Contra los hombres más grises del mundo, que son (somos) todos, pero en éste caso particular contra uno que en lugar de discutir su planes de dominio planetario con él mismo o con el espejo, tiene el tupé de sacar su mediocridad altanera de los límites de su cabeza, y tirársela por la ídem a todos los que se cruza. Hay políticos así (esa es la agenda más recóndita y más efectiva del film), padres así, jefes así, críticos de cine así, exhibidores de cine, técnicos de fútbol, carniceros, proxenetas, editores, bomberos y hasta linyeras así; personas que no contentas con haber fracasado (fracasado en sordina, ni siquiera a lo grande) en la vida, se permiten ser titulares de la cátedra “Triunfalismo”, señalar con el dedo, putear en voz alta y en voz baja; putear siempre y contra cualquiera que no sea ellos mismos. El cine argentino nunca se había atrevido –y nunca va a volver a atreverse– a mirar a los ojos y poner brutalmente en abismo (un set de matrioskas que son todas iguales y todas tienen la cara de Emilio Disi como oliendo mierda de perro) lo más argentino que hay en el mundo: el resentimiento XXXL que genera la brecha entre “me creo mil” y “sos un cero”
¿Qué de qué se trata Querida voy a comprar cigarrillos y vuelvo? Se trata de vos.